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EL DESIERTO
POR MAURITANIA
Mauritania ha resultado ser más agradable que
todas las advertencias juntas que tuvimos desde
Madrid hasta su frontera. Riesgo de pillaje por
parte de la poli, gente falsa y cerrada, moros
soberbios y racistas. Todo quedó atrás. Seguro
que nos acompañó la suerte, pero, en honor a la
verdad, conocimos gente muy amable, austeros
pero muy cordiales, los polis sólo nos han
pedido agua y algún cadeau que otro, y nada llegó
más lejos que la picaresca a la que estamos más
que acostumbrados.
Alcanzamos el paso fronterizo con el convoy de
vehículos que sale de Dakhla (Sáhara Occidental)
todos los martes y viernes. Allí subimos las burras
a distintos camiones y coches, y nos repartimos
en diferentes vehículos. La mayoría de estos vehículos
son parte de una exposición de coches y camiones
de segunda mano, con solera, que se irán vendiendo
a lo ancho de África occidental. Justo al
mediodía de la segunda jornada de travesía, después
de atravesar quince kms. de tierra de nadie minada
y sin escolta oficial, llegamos a la aduana: un
chiringuito minúsculo con cuatro agentes, perdido
en mitad del inclemente desierto.
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Tenemos que explicar más de una vez que vamos
en bici. Tras los papeleos de rigor y una consulta
odontológica oficiada por Jean-Pierre, el dentista
normando, el convoy continúa. Pocos metros, pues
justo delante de la frontera persiste una duna,
muy conocida por los asiduos, que nos obliga a
aplicarnos a todos a cavar arena, empujar coches,
remolcar furgonetas, mover placas. Todo bajo la
atenta mirada de los agentes mauritanos, que amablemente
nos sonríen desde su 4x4. En un par de horas la
caravana resuelve el obstáculo y se desata una
versión más moderna de "los Autos Locos". Sorteando
dunas, baches y unas cuantas (suponemos) minas
más, llegamos hasta un nuevo control aduanero,
esta vez acompañado de policía y gendarmería.
Más papeleos (muy importante hacer la declaración
de divisas y no despistarla hasta la salida del
país) y ya de noche entramos en Nouâdhibou
Acabamos, con la mayoría del convoy, en el camping
Abba. El sitio está regentado por Momo, una réplica
senegalesa de Eddie Murphy, y está cerca de los
lugares que debemos visitar al día siguiente:
aduana, policía y oficina del Parque Nacional
del Banc d'Arguin. Nouâdhibou es un puerto
pesquero importante con un barrio colonial francés
que se deteriora a orillas del desierto y gentes
de muchos lugares. Con cordero a la brasa
Momo nos invita a celebrar el año nuevo musulmán.
Nosotros nos hemos juntado con un grupo de franceses,
mitad bretones mitad camioneros, que tras emborracharnos
con Pastis, nos han convencido para invitarles
a unas langostas y atravesar con ellos el desierto
hasta Nouakchott.
El Parque
Nacional del Banc d'Arguin.
Las posibilidades de rutas en bici por Mauritania
son muy contadas. Más de las tres cuartas partes
del país son puritito desierto. Existen
dos opciones para salir de Nouâdhibou: a)
seguir atravesando el desierto por el laberinto
de dunas y piedras que forman el Banc d'Arguin
(1.600 ougiyas por persona, es decir, unos 7.20€.),
disfrutando de un paisaje único; o b) salir
en el tren más largo del mundo (de 3 a 5 kms de
vagones) camino a Choum y la zona minera del
norte del país, disfrutando de su cadencioso traqueteo
durante doce largas horas. Nosotros optamos por
a), pero conocimos a más de uno que hizo b).
Vamos a comentar, de oídas, algunos datos. Al
tren se puede subir el vehículo de forma gratuíta,
sea camión, coche, bici o quimera. Desde Choum,
parte una pista muy dura, que en aproximadamente
120 kms llega a Atâr. El tren continúa hasta
el centro de la cuenca minera donde se encuentra
una de las reservas de hierro más grandes del
mundo. Marc, un francés, se lo hizo a golpe
de pedal (lo menos) y de pinrel (lo más). No obstante,
hay transporte público y muchas oportunidades
de encontrar pasaje en el coche de alguien. Los
alrededores son montañas espectaculares que se
deshacen con los aires del desierto, con alguna
que otra ciudad milenaria, guarecida entre sus
pliegues. Ya desde Atâr hay asfalto hasta la capital.
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Nosotros continuamos nuestro convoy particular
con las burras dentro del camión de Morgane
y Jean-Michel (nuestro lactogurú preferido:
seis meses de sabiduría por el desierto
y otros seis de pastoreo de cabras en la
bella Suiza); Cedéric (hom-bretón que "para
ser feliz quiere dejar su camión"); David
(otro bretón llamado al pluriempleo) y los
Ludos (dos Ludovic curtidos en la alimentación
a base de una estricta dieta de conservas
y cannabis). Y el primero de todos, siempre
adelante buscando los mejores pasos por
el desierto, Wanna, un tipazo, guía del
desierto, siempre el primero en levantarse,
y siempre el más rápido en encender un fuego
y hacer té. Sin embargo, no le gustó nuestro
arroz "a la sal".
A lo largo de cuatro inolvidables días
fuímos rulando entre los distintos camiones,
oyendo y contando historias, viendo camellos,
dunas, palmeras, acacias, llamando a
Berta (una madre Mercedes 1824, 4x4 de 26
añitos), revolcándonos en la arena y viendo
salir y entrar de su cuarto a un sol calcinador.
El último día recorrimos 80-100 kms por
la línea de playa, espantándo gaviotas,
recogiendo pescaíto fresco en la orilla
y escuchando musiquita. Es lo que queda
desde el final del Parque Nacional (Nouâmghâr)
hasta Nouakchott.
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De Nouakchott
a Rosso.
No es tan fiera como la pintan. La ciudad
más grande de este país tiene zonas muy tranquilas,
con cibercafés, restaurantes donde comer "filete
de capitán al paté de atún" y algún que otro garito
donde beber cerveza Cruzcampo en mitad de la República
Islámica de Mauritania. Si quereis conseguir
cerveza a buen precio, la embajada de Zaire ofrece
estas delicias. Aquí conocemos a Marc y Patrice,
con los que nos reencontraremos en Senegal. El
primero es un ciclista solitario con duro acento
francés, parco en palabras pero generoso de corazón
y bolsillo. El segundo es un extrovertido embajador
de las Écoles Francophones, con ganas de conocer
gente y que habla un castellano exxcellent.
A nosotros tan sólo nos quedan ya dos días de
visa, así que hacemos las últimas compras. Nos
cargamos bien de aceite de oliva y latas de sardinas
de la Ayuda Internacional de la Cruz Roja Española
(a 0.30€ c/u, prohibida su venta). Una buena
tarde nos despedimos de nuestros estimados camioneros.
Con los últimos rayos de sol llegamos a un puesto
militar de la RN2, donde nos facilitan un espacio
donde cocinar y saborear sus latas de caballa
de la Cruz Roja Española. El siguiente día es
una larga etapa por el desierto, que empieza a
mostrar tímidos bosques de árboles raquíticos
y espinosos. Por la mañana un par de parejas "chic"
nos invita a tomar té en su jaima. Excelente leche
de camella. Estos acomodados capitalinos pasan
sus fines de semana descansando en el desierto,
atendidos por sirvientes de piel más oscura.
Al mediodía llegamos a Tiguent. El sol es tan
feroz que impone ritmos. Sólo se puede rodar a
primeras horas de la mañana y cuando cae la tarde.
Disfrutamos el bautizo oficial de "arroz con
pescado", emblema culinario de toda el África
occidental. De fin de etapa toca oasis. Nos
protege del incesante viento pero nosotros a su
vez nos tenemos que proteger de las deyecciones
de cabras, vacas, camellos y humanos que salpican
el idílico lugar. Pepe se rinde y se solaza dando
con sus nalgas en una fresca y hermosa catalina.
Empezamos a ingerir Savarine, el medicamento anti-palúdico.
El día siguiente llegamos a comer a Rosso, un
villorrio fronterizo en la orilla mauritana del
río Senegal. Hemos pasado todos los controles
sin que nadie se cosque de que a la mitad del
grupo le ha expirado su visado el día anterior.
Últimos trapicheos, cambio de dinero oficial y
negro, para subirnos los ocho, y una buena delegación
de acompañantes, en una piragua que perezosa nos
llevará a la otra orilla. Y a otro país.
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El
visado para Mauritania.
La obtención del
visado turístico para entrar en Mauritania
es un tema que merece comentarse.
Tanto las embajadas y consulados de Francia
y España lo expiden por aproximadamente
54€. Pero desde el día de emisión hasta
el de entrada sólo se dispone de un mes.
Una vez en Mauritania, el visado dura un
mes. Como viajamos en bici, decidimos sacarlo
en Rabat, para ganar tiempo al calendario.
Aquí, para expedir
el visado, la embajada mauritana exige no
sólo 100 DH (unas 9€), sino además
la presentación de un billete de ida y vuelta
en avión a Mauritania. Esto último puede
obtenerse cómodamente en la oficina de Air
Maroc. Aquí comienza el chollo. La agencia
se llevará 340 DH por cada billete expedido
que después del trámite se anulará. Con
estos trapicheos, en Rabat el visado
cuesta entre 35-40€ mientras que en
Madrid 54€. Sin embargo, también
cuesta una procesión de idas y venidas a
agencias, bancos y embajadas, y el inconveniente
de tener que desembolsar una gran cantidad
de dinero, aunque se recupere después.
Con el tema del viaje
en bici, el cónsul mauritano nos aseguró
que tranquilamente podríamos llegar a la
frontera en el plazo de dos meses. Así
lo hicimos. Llegamos a Mauritania a falta
de ocho días para finalizar estos dos meses.
Nuestra gran sorpresa fue llegar a la aduana
y ver como franceses, belgas y españoles
entraban sin visado y sin problemas con
la única condición de obtenerlo en Nouâdhibou
al día siguiente. Por 10.000 ougiyas (unos
39€) todos obtuvieron su visado turista
para pasar dos meses en Mauritania. Nosotros
solicitamos una prolongación de una a dos
semanas y resulta que costaba también 10.000
ougiyas. Gran decepción y a correr para
salir cuanto antes. Moraleja: en más
de un país se puede llegar a la frontera
sin visa, y sin pagar más. Mauritania es
uno de ellos.
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