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Las tierras
bajas de Lesotho.
Nada mas sellarnos los pasaportes por las autoridades
en TeleBridge la carretera se convirtió en una
pista pedregosa que ascendía hasta la carretera
principal A2, que nos llevaría a Maseru, la capital.
Una vez sobre asfalto, un alegre paisaje verde
lleno de colinas moteadas de grises rocas nos
acompañó por todas las llamadas tierras bajas.
Estas nunca bajan de 1000 mts de altitud. El relieve
de la ruta es una sucesión de subidas y bajadas.
Los cielos nubosos nos amenazaron los dos dias
de camino a Maseru.
Una vez bajo techo en la moderna capital de
Lesotho, la lluvia no esperó y rompió con toda
su fuerza durante cuatro dias. Aprovechamos
para arreglar el puente de la horquilla de la
suspensión de Pepe, la cual requería una buena
soldadura de aluminio. Un buen trabajo que todavía
dura. También profundizamos en la vida nocturna
de este pequeño pais: bien servidos de brandy
y buenas amistades femeninas.
De Maseru
a Butha-Buthe.
Al quinto dia las nubes no desaparecían pero
la lluvia parecia amainar. Decidimos salir a pesar
de tener todo el equipo mojado. Un mañana agradable
con luces difíciles de olvidar. Por la tarde se
acabó la calma y breves tormentas nos obligaron
a parar en varias ocasiones. Llegando al ocaso
y sin intenciones de parar de llover, decidimos
pedir alojamiento en el Hotel Palace, situado
en mitad el campo. El elevado precio del lugar
nos puso en una apretada situación. Decidimos
marcharnos con la lluvia sobre nosotros y con
cara de corderos degollados. Aun así la hospitalidad
africana no nos dejó irnos. Las trabajadoras
del hotel nos pararon a escasos metros de la puerta
ofreciéndonos el techo de un merendero en el jardín
del hotel.
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Al dia siguiente enfilamos puerto arriba. Rampas
largísimas y durísimas cubiertas de buen asfalto,
para ascender alrededor de 1500 mts de desnivel
en 20 kms y acabar a una altitud de 2800 mts.
Haced las cuentas y sale una media de un 13.3%.
Ahí queda eso. Durante la ascensión nos acompañaban
jóvenes a caballo abrigados con una única manta,
atuendo local por excelencia. Algunos nos
retaban a carreras con las miradas orgullosas,
propias del que se sabe a las riendas de un buen
corcel. Algunas rampas superaban el 20%!!!, y
nuestros desarrollos parecían insuficientes. En
una curva pasada ya la mitad del puerto Juli se
para a tomar un resuello y beber un poco de agua.
Una pick-up para y le ofrece subirle hasta la
cumbre. No lo duda.
Una vez arriba en el Moteng Pass el paisaje
se torna completamente desolado, rocoso y sin
árboles. La altitud manda. Bajamos hasta la
estación de esquí de Oxbow para despues subir
hasta el siguiente puerto que nos situaría a 3222
mts. En algunas de sus rampas jugamos con una
camión que no marchaba más deprisa que nosotros,
y nos agarramos a él dejándonos llevar. Aún tuvimos
que pasar otro puerto de 3.236 mts antes de llegar
al Tlaeeng (3.254 mts), punto más alto de la
ruta y techo de las carreteras de África.
Cuando nos creíamos totalmente solos contemplando
las magníficas vistas desde este balcón privilegiado,
aparecieron dos jóvenes con la típica manta por
vestido y nos ofrecieron vendernos una pata de
cordero recien matado. Decidimos rehusar su oferta
y compartimos con ellos unas rebanadas de pan
con mantequilla de cacahuate. No nos lo pensamos
más y acordamos acampar en un prado un poco más
abajo del puerto. El esfuerzo lo merecía.
Poco a poco aprendimos a distinguir las pequeñas
manchas negras que se movían por todos los alrededores.
La altitud no impedía a los pastores locales habitar
aquellos parajes. El glorioso amanecer desde
el Tlaeeng fue empañado por la aparición esa noche
de las pulgas que nos acompañaban desde Port Elizabeth
(Sudáfrica) y que creíamos totalmente extinguidas.
Nos dirigimos camino a Mokhotlong en un dia
oscuro y lluvioso, pasando cerca de unas minas
de diamantes. La bajada se hizo lenta por
la lluvia, lo que a su vez nos permitió disfrutar
palmo a palmo del entorno. Por la tarde la lluvia
arreció y tuvimos que refugiarnos en la aldea
de Mapholaneng, donde el 90% de los habitantes
estaban borrachos. Era domingo.
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Llegamos a Mokhotlong por la mañana.
Precioso valle donde la luz que provocan
las continuas y siempre móviles nubes lo
convierten en un marco incomparable.
Sin embargo ese escenario no era suficiente
para esconder nuestra desesperación por
la pulgas y unos nuevos parásitos que aparecieron
en el pubis de Juli. Nuestra visita a
la única farmacia de la ciudad no fue muy
esperanzadora. El catálogo de colas y patas
de animales, raices y cortezas que abarrotaban
las estanterías no nos inspiraban mucha
confianza. Aún así el humor tampoco
había desaparecido y nos echamos unas buenas
risas con la boticaria de turno. Salimos
de la farmacia con un bote de polvos de
un sospechoso verde fosforito. Nos acompañaba
por un lado la incredulidad en la medicina
local, y por otro la fe en el único remedio
que teníamos a nuestro alcance.
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De Mokhotlong
al Sani Pass.
A los cuatro dias, después de lavar todas nuestras
ropas, desinfectar la tienda de campaña, y examinar
milímetro a milímetro el pubis, la entrepierna
y el perineo de Juli, salimos en dirección
al Sani Pass. Una bonita pista remontaba suavemente
un afluente del rio Orange. Las nubes amenazaban
continuamente y el puerto, aunque con algunas
rampas infernales, se hacía menos duro de lo esperado.
Bajamos hasta el valle del rio Linakeng, que empieza
en el Sani Pass, la frontera entre Lesotho y Sudáfrica.
Decidimos acampar a menos de 20 kms del puerto
para poder disfrutar al dia siguiente de más tiempo.
Noche especialmente fria, donde la tienda se nos
cubrió completamente de hielo. La despedida
de Lesotho fue bajo un cielo claro y luminoso.
El balcón del Sani, impresionante. Abajo nos esperaba
el Drakensberg, Sudáfrica y las alambradas.
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FICHA
TECNICA: Los Gorilas.
Ya hemos comentado
en fichas anteriores la posibilidad de
instalar un transportín delantero en las
horquillas con suspensión, además de llevar
una alforja delantera acoplable al manillar.
Nosotros solemos cargar una garrafa de cinco
litros de agua en este transportín. La garrafa
sólo la llenamos en las cercanías
de alguna parada para acampar o cocinar,
o en caso de escasez de agua en la ruta.
Con el tiempo hemos
observado que las horquillas sufren porque
el transportín se engancha en el puente
de la horquilla, llegando a romperse tarde
o temprano. Para evitar este problema
lo mejor es utilizar el sistema de alforjas
delanteras, que se anclan en el eje de la
rueda y sobre los brazos de la suspensión.
Como solución intermedia proponemos usar
un gorila adicional en la horquilla,
con lo que ésta queda reforzada y,
en caso de rotura del puente, puedes continuar
rodando. Además, el gorila proporciona una
mejor frenada al disminuir la flexión de
los brazos de la suspensión.
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