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| BOLIVAR.
Esto es el altiplano, a mas de 3800m, muy, muy
cerquita del cielo. Y mucho frío, pues lo atravesamos
en el invierno. Y el viento, pues como
casi siempre, en contra, o sea, oeste o noroeste. Mejor
hacerlo de norte a sur, o sea, al contrario que nosotros.
Bolivia es un país de rutas contrastantes. Puedes
empezar en el altiplano y acabar en la selva amazónica,
siguiendo carreteras imposibles a través de los
frondosos valles de los Yungas o del Chapare. Un destino
ciclístico de primera.
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| Bolivia es el
país menos desarrollado del continente, el más
pobre y claro, el más baratillo. Al nivel de los
países más baratos que hemos conocido en
Asia. En los comercios se puede encontrar de todo
y a precios increíbles. Muy a tener en cuenta si
vas a adquirir material electrónico. El contrabando
y la mercadería entran a raudales y se corre el
riesgo de pillar algo ‘trucho’, como dicen
por aquí.
Todos los vecinos de Bolivia le han dado un bocado a
su territorio en alguna de la guerra que los bolivianos
han aguantado en los últimos 100 años. Pero
no se nota, Bolivia es un país grande y un gran
país. De hecho el nombre que lleva es el mejor
homenaje que nadie le pudo hacer al Libertador de las
Américas. Es el país latino con
mayor porcentaje de población indígena,
y se nota, pues a veces no se puede escuchar más
que quechua, aymara, guaraní… Pero la gente
es igual de enrolladita que en todos los lados.
Nos despedimos de Maripaqui en Sucre. Nos vimos con Pako
en La Paz, en una de sus idas y venidas por el continente.
Y también nos encontramos otra vez con Daisuke
en La Paz. También en La Paz conocimos a Carla
y a los Huancas, ciclópedos como nosotros; y a
Aleix, un voluntario catalán… Estuvo buena
la tierra de Bolivar.
La cordillera del Lípez
y el Salar de Uyuni.
Con las burras subidas en el coche de Colque Tours, llegamos
a la frontera boliviana, en la base del volcán
Licancabur. La gente de Colque nos llevaría una
mochila con equipo y material hasta Uyuni, para hacernos
la travesía del Lípez más cómoda.
Muchas gracias a don Felipe. Bajamos las bicis
en la Laguna Blanca, aproximadamente a 4300m, y empieza
la rodada. A los pocos km aparece la Laguna Verde,
y tenemos que vadear el tumultuoso arroyo que une ambas
lagunas. Nos ponemos las chanclas porsiaca y con un impulso
pasamos sin problemas.
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La pista esta en malas condiciones, con
mucho ripio y bancos de arena, pero se puede rodar
poco a poco. Dejamos atrás el Licancabur,
subimos una cuesta y bajamos a las aguas termales
de Chalviri. Aquí hay una mina de borax en
donde pasamos la primera noche. Para acampar
al aire libre hay que tener muy buen equipo, pues
las temperaturas bajan a 15-20ºC bajo cero.
La subida a Apacheta la hacemos con viento en contra
y un frío lacerante. Arriba se encuentran
los geiseres de Sol de Mañana, que vemos
zarandeados por el aire. Rozamos los 5000m
(nuestro tope en el viaje) y descendemos hasta la
Laguna Colorada.
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Desde aquí nosotros tomamos la variante
‘fácil’, que va hacia Alota, en vez
de seguir por la Laguna Hedionda, que está en peor
condición y por donde es más difícil
encontrar agua. Seguimos por otra subida más
al salar de Capina donde pasamos la noche con los mineros,
viendo la Copa América y como Chile (alegría)
y Bolivia (tristeza) eran eliminadas de la segunda fase.
Hasta aquí la pista estaba más o menos mantenida,
por el intenso tráfico de camiones desde los salares
a la factoría de ácido bórico de
Apacheta. Pero a partir de aquí la pista se hará
peor hasta el salar de Uyuni.
Llegamos a Villamar, la primera población
que hay en la ruta. Sitio bonito, agua, carne de llama.
Una cuesta más y Alota. Seguimos por la quebrada
de Susa, donde pasamos una noche con el genial Eleuterio.
‘Lute’ lleva más de 20 años
viviendo sólo en su casita y compartimos noche
y sopaipillas con él. Un bonito recuerdo.
Tras subir la quebrada se desciende a San Agustín,
y luego San Juan, ya en los alrededores del salar de Uyuni.
De San Juan a Puerto Chuvica es medio
día, y nos quedamos a descansar y a dejar pasar
el viento. Es el día del referéndum
sobre el gas, que el gobierno de Carlos Mesa ha promovido
con dinero de las empresas petroleras, del BID y del FMI.
El plebiscito es engañoso, son cinco preguntas
y no se sabe bien el alcance que tendrá.
El día siguiente nos pegamos la gran paliza: 140
km de salar, visita a la isla del Pescado y a la otra
que no es, y todo sin el esperado viento a favor que nos
hubiera ayudado mucho a atravesar este mar de sal. Una
pedalada muy especial y muy recomendable.
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Potosí
y Sucre.
Tenemos cita en Sucre con Maripaqui y Pako en un
par de días, así que tomamos un bus
a Potosí y nos alojamos en casa de
la familia Ramos. Los Ramos son una gente de esa
que te deja flipao. Hospedan en su casa a ciclistas
y mochileros en ruta por América. Florencio
y Teodora llevan una panadería y es un gustazo
compartir momentos en el horno. Dejamos
las burras allí y vamos a la cita con los
colegas en Sucre, la capital del país. Allí
llegamos una tarde, y al día siguiente Maripaqui
se regresa a São Paulo. Así que nada,
cargamos los estómagos y salimos de marcha.
Poco a poco cerramos bares y acabamos en el congal
de turno hasta el amanecer. Tampoco aprendimos aquí
a bailar cumbias. Horas intensas con amiguetes,
que también son importantes en el viaje.
Pako la acompaña a Maripaqui hasta la frontera
con Brasil, en el famoso tren de la muerte. Nosotros
nos regresamos a Potosí a ver la
final de la Copa América y como los brasileiros
se llevan el título frente a los argentinos,
por primera vez en la historia de esta competición.
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De Potosí
a La Paz.
Despedida de los Ramos, con sopas de ajo y la promesa
de volver a vernos. La ruta hasta La Paz está recién
asfaltada, lo que ayuda mucho pues el viento en contra
y el frío no cesan. Pasamos tres puertos
a más de 4000m, atravesando valles y cerros andinos.
De salida de Potosí visitamos las termas de Tarapaya,
ya usadas por los incas. En Belenpampa hacemos
noche en el matadero de llamas que están construyendo.
Por las noches el frío es duro y hay que refugiarse
donde se pueda. Una vez en las pampas del altiplano, en
Pazña, conocemos a un cura catalán que lleva
más de 25 años por la región, pero
que no se le ha ido el acento, nen. En Machacamarca
dejamos la carretera principal para rodar por las vías
del tren que atraviesan la laguna Uru Uru. La llegada
a Oruro no puede ser más espectacular, cruzando
totorales llenos de aves acuáticas y millones de
mosquitos. Aquí coincidimos con la luna
llena y la fiesta de San Ignacio, que se festeja con desfiles
y un conciertillo del grupo revelación de la ciudad,
el ‘Piojo Loco’.
Seguimos la pelea contra el viento y llegamos
a Ayo Ayo, un pueblo que saltó a los medios porque
los campesinos lincharon al alcalde, que vivía
en La Paz y gobernaba ‘a distancia’. Un ejemplo
más de cómo son los políticos de
este país. Vemos el Sajama, el techo de
Bolivia y el anuncio de que estamos llegando a La Paz.
Entramos en la ciudad de El Alto, y desde la Ceja
vemos por primera vez la ciudad de La Paz, que se encuentra
metida en una hoya con las calles y casas trepando por
sus laderas, y el volcán Illimani al fondo. ¡Espectacular!
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En
La Paz.
Aquí tuvimos un buen chorro de encuentros.
El primero fue de la mano de Carla y Los Huancas,
que nos ayudaron mucho a aterrizar en esta loca
ciudad. Nos alojamos en la casa Cuqui,
otro ciclista al que tenemos mucho que agradecer.
Pako pasa por allí en su camino de vuelta
de Brasil y hacia Chile. Nos vemos unas horitas
y nosotros nos vamos a caminar el Choro,
un camino del inca que parte desde el altiplano
y en tres días te lleva a los bosques tropicales
de los Yungas. Por el camino acampamos
en la casa de un japonés excombatiente de
la Segunda Guerra, que se ha currao unas terracitas
superchulas donde puedes poner la tienda y disfrutar
de unas vistas de lujo. Bastante mayorcete, ya habla
medio mal el español, pero la colección
de postales de todo el mundo que tiene da buena
muestra de su hospitalidad.
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Llueve mucho y llegamos a Coroico en bus. Este
es un destino de fin de semana para los citadinos
de La Paz, y como es fin de semana, el pueblito
bulle de gente. Nos damos paseítos y por
la noche conocemos a Aleix entre un bar y una technoparty
que hacen unos ‘conocidos’. Aleix
esta currando de voluntario en una casa para niñ@s
de la calle en La Paz, y nos invita a mostrar nuestro
audiovisual a los chavales. De vuelta a
La Paz nos volvemos a cruzar con Pako unas horitas
en su camino de vuelta de Chile y hacia Peru. Otro
día coincidimos con Daisuke, el ciclista
japonés que también recorre el mundo
y con el que ya hemos coincidido antes en Mozambique
y Argentina. Otro día volvemos a
salir con Aleix… Una visita a las ruinas de
Tiwanaku, cuna del imperio aymara y comparable al
inca. Nos damos un paseo por el mercadillo
del 16, en El Alto, supuestamente el más
grande de Sudamérica. Unas comprillas,
unas despedidas y nos salimos de la hoya de La Paz.
Al Titicaca.
Cuqui nos hace el superfavor de dejarnos con nuestras
burritas en la Ceja, y desde allí llegamos
en dos días al lago Titicaca. Uno
de los lugares más mágicos del continente,
este pequeño mar está rodeado de los
Andes nevados y de los inmensos totorales que sirven
de materia prima para la construcción de
las típicas canoas y casas flotantes del
lago. Paramos en Copacabana,
donde se encuentra el Santuario de la Virgen
más venerada en Bolivia y Peru.
Un paseíto por la bonita Isla del Sol, viendo
vestigios de la cultura inca y nos volvemos a encontrar
con Aleix en un bar de Copacabana. Otra nochecita.
Miles de bolivianos y peruanos llegan aquí
a challar (bendecir) sus coches, y la plaza del
pueblo es un espectáculo donde shamanes aymaras
y curas católicos rocían y challan
coches a dos manos. Por las tardes tomamos
api en el mercado y paseamos los
alrededores. A tan sólo 10 km se
encuentra la frontera con Peru. Nosotros seguimos
los pasos del Libertador, pero en bici.
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| FICHA
TÉCNICA: las alforjas delanteras.
Ya las habíamos probado en
Nueva Zelanda, pero en la carretera austral demostraron
lo mejor. Pako era el único que no llevaba
y finalmente se le rompió la llanta trasera,
en gran parte por llevar todo el peso atrás.
Con las alforjas delanteras repartes mejor el peso,
son muy prácticas y cómodas (los modelos
de Ortlieb, Vaude y otras marcas son hechas en PVC
impermeable), y también muy caras. Recomendables.
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